Tu boca calló durante diez días
y nada pudiste expresar.
Los médicos anunciaron tu muerte
mientras estabas viva,
metida en la cama, pálida y frágil.
¡Ya más, no pudiste aguantar!
Ya estás cavada, y con pocas gotas de lluvia
tu tumba se tuvo que mojar.
Fue un día horroroso en que llevábamos
tu ataúd encima de los hombros,
llorando como niños,
e incluso tuvimos que sollozar.
Nos abandonaste, como una golondrina,
en un amanecer triste y frío,
yendo hacia lo lejos,
hacia otro mundo,
donde algún día, seguramente, juntos,
de nuevo vamos a estar.
¡Salúdame a mi padre si lo veas!
Vuestros recuerdos jamás, de mi corazón,
se van
a borrar.