Has leído mis versos sin prestarme atención
hasta el momento de nuestra separación.
Parece que no entendiste leer entre las líneas
y creíste que no iba a reclamar nada por mi aflicción.
¡No te quejes porque cambié mi rumbo!
¡Vos no sos mi religión!
Vos misma me insististe en recapacitar antes de actuar;
recapacitando yo, no aguanté mi humillación.
¡Ya no necesito de vos ninguna adulación!
Me hubiera gustado poder jugar
algún día con Sebastián y Benjamín al alimón.
Pero vos decidiste impedirme acercaros
sin que te haya importado mi desesperación.
Sin embargo, pretendiste que yo te esperara
porque sabías que me ibas a
necesitar en tus momentos de desolación.
¡Oh, querida mía; qué tremenda desconsideración!
No hay comentarios:
Publicar un comentario