En Barajas, estoy esperando
impacientemente
el avión del perdón.
La piloto
de aviación me dijo que desaterrizaría
el
domingo, por la mañana, desde Asunción.
Cuando
acudí al aeropuerto , de rodillas, me
puse, absorto,
como
si estuviera delante del Señor.
Lloré,
rogué y me humillé;
la
piloto, clemente conmigo, fue.
"¡Hay
una tormenta!": anunció,
"pero,
siendo benévola, por vos, desaterrizaré".
"¡Hurra
indulgente piloto!":
con
pleno alborozo del alma grité.
Sin
embargo, vi en el cielo unas nubes negras
y un
viento polvoriento me meció;
y
hasta ahora, sigue meciéndome
como
una nao cuyo capitán
perdió
su control...
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
ResponderEliminar