No eres un sueño,
sino una realidad como el sol
brillante
y como el cristal transparente.
No eres un imposible,
sino una paloma que al volarse
sus alas iluminaban el mundo
con un brillo sereno y caliente.
No eres una serena ficticia,
descrita en las leyendas mágicas,
sino una doncella que si Don
quijote
la hubiera conocido, habría de abandonar
a su bella Dulcinea.
Tu voz es como el trinar de un ruiseñor
que en la primavera canta una égloga
exquisita.
Tu mirada pletórica de misterios
dulces,
resonantes como una lira.
Tus fresas me consuelan de nuestra
separación
que al parecer cada día aún más acercándose.
El viento mece tu cabello,
como unos ángeles, en el cielo azul
inflamándose.
¡Hurra Marwita, hurra mi cautiva princesa!
¡Qué Dios bendiga mi amor,
aunque, tal vez por una sola parte!
Felicidad no conozco sino estar
contigo,
preso a ti;
así es mi libertad mi atadura a tu
yunta.
¡Qué dulce amor es aquel que sufre!
¡Y cuanto agradable sea si se
consiente!
No quiero pensar, por Dios,
que un día me dejarás solitario sin
consuelo
más que este poema suelto,
sino quisiera vivir el ensueño
de que ni el entierro desgaja
nuestras almas.
"Te amo": así yo digo
aunque, tal vez, no tuviera derecho.
Pero, ¿cuándo por sus sentimientos
se juzgaría a un amante?
Mi estirpe son tus recuerdos
y entre
tus cariñosos pechos
ha de ser mi refugio.
No es lícito perderte,
como tampoco fue lícito la saeta
que en mi fúnebre corazón clavaste.
¡Oh Dios Todopoderoso, Misercordio y
Compasivo!
¡Oh Clemente, Rey de los Cielos y de
las Tierras!
¡Oh nuestro Creador,
Clemente…Clemente…Clemente!
Quisiera evocarte mientras estés
ausente,
y cortejarte cada vez que estuvieras
presente.
Nuestro amor-o mejor dicho el mío-
se alza sin frenos, sin detenerse.
Porque es infinito y sin límites;
por eso no quiero perderte.
Ante Nuestro Creador mis
sentimientos están de rodillas
rezando por un imposible milagro.
No quiero ser un Aureliano Buendía[2]
Con diecisiete mujeres casado,
sino me basta una que me entiende y
me quiere.
Ésa eres tú, mi hermosa cautiva, mi
único amor verdadero.
Tú diste a mi existencia sentido
y teñiste mi pasión con dichosos colores
de la primavera.
Pero cuando te pedí las llaves de tu
corazón
Sonreíste y me dijiste:"si yo
los tuviera
no te hubiera venido;
mi corazón es cautivo de otro amor
que te ha cerrado el camino."
¿Por qué, Dios mío, cuando la dicha
se me acerca
la vida me da de espalda?
Aunque mi anhelo es un olmo seco,
¡Cuántas veces resucitó un árbol sin
hojas verdecidas!
¡Déjate de llorar, porque las lágrimas
son un arma
de las mujeres por los hombres
conocida!
Mi amor nace de un cauce de espigas,
desolado no, pero tampoco dichoso.
Y del Salto de Ángel [3]cayó.
No sé todavía si fuera herido…
Muy muy bonito poema.
ResponderEliminar