¡No llores!
Tus transparentes lágrimas caen
como las nieves sobre los montes.
¡No llores!
Tus ojos tristes me sienten como un sueño inalcanzable
en el espacio infinito.
¡No te apures amor mío, no te apures!
Mi corazón es tan inmenso,
resuena como una dulce gaita
que arranca tus dolores.
Y en el cielo resonante el cierzo
desliza nuestros cuerpos y nos aúna
para juntarnos hasta siempre a solas.
¡No llores, no llores amor mío, no te apures!
Pasó el tiempo del dolor y de la inquietud funesta,
y vino el Cid-llevando en su espada-nuestra esperanza.
Mi afán se convirtió en un fantasma en las colinas,
en una sombra en las sierras,
en una hojarasca en las praderas.
¡No llores amor mío, no llores!
La luna menguante relució el mundo
con su luz opaca.
Y cuando tú acudiste
las galaxias se hicieron fuegos artificiales,
y los luceros bajaron a inflamar nuestros corazones,
y el valle incontenible nos embriagó
de agua bendita lavándose nuestras almas.
¡Bendito sea nuestro amor; amor, no llores!
¡No llores!
Mi cuerpo vuela en el espacio,
sin frenos, sin detenerse
como un ave alegre
que aprendió a volarse.
¡Suelta tus alas y trínate como los ruiseñores!
¡Suelta tu lengua a vertir en mis oídos un canto de amores!
Ven princesa, ven
y toma tu corona de jacinto y tu cetro de oro.
Tú eres única y sin par;
eres Dulcinea del Toboso.
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