No es un delirio que El Quijote
se dirigió hacia Zaragoza
por ti Dulcinea ;
ni mi pasión es una demencia ondinilla.
Es un impulso, un lazo
que nos presa y llena nuestra vida.
Amor lo creía de delicia y plenitud
nos envolvía como una caracola ;
y unas amapolas en tus hermosos rostros
relucieron nuestro apego.
Tu amor es de nácar ;
de topacio son tus manos.
Mi residencia, contigua a algas
y coral se colocaba.
Suéltame ; echaré a volar
como un humilde gorrión,
en el olmo su nido erguido.
Mi amor es incandescente,
en la ribera flotante :
¡amor que llena nuestra vida !
Genuino amor es el tuyo, y no obstante :
¡a respirar aire, déjame ; te lo suplico !
Son garzas embelesadas
las que atravesaron el cauce espeso,
bogaron y ahogándose en el fondo oscuro
del mar a nuestros nombres sellaron.
Tus trenzas brunas me ataron
como el yugo al toro.
Pues, no conozco libertad
sino estar a ti preso.
Y en cuanto se echó el sol en el poniente
sollocé como un niño sensitivo.
Tu amor es espinado,
mas ¡oh, cuánto te amo !
Como tú, también, me querías
no pude expulsar de mi corazón tus estelas.
Y al sentirte lejana, plañendo quedaba.
¡Hurra amor abrasado !
¡Hurra amor apasionado !
Temblando una lágrima en mis pupilas,
bisbiseé : “¡ los hombres no lloran,
pero sííí los enamorados!”.
Y mientras fluyó de tus ojos
unas cuajadas de néctar,
te abracé sin espantarme
de que Úrsula Iguarán nos viera.
Pero latió apresurado mi corazón
y tuve miedo de que un fuñique sátiro te llevara.
Mi amor extraordinario,
es cosa del pasadoooo…
¡Tú eres Amaranta Buendía,
quien a tantos amantes torturaba!
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